Las palabras son pistolas cargadas

miércoles, junio 29, 2005

Traducción: "Elogio de los traductores"

El periodista, escritor y poeta vasco Iñaki Ezkerra (conocido, además de por su obra, por su personalidad polémica y su lucha cívica contra el terrorismo etarra y el nacionalismo radical), que colabora de forma habitual en los diarios El Correo y La Razón, publicó ayer día 28 en este último una columna titulada «Elogio de los traductores». El título no puede ser más explícito: muy pocas veces he visto que un escritor se acuerde para bien de los traductores literarios. Lamentablemente, solo los suscriptores de La Razón pueden acceder a esta columna a través de Internet; me gustaría poder reproducirla entera, pero no quiero abusar del derecho de cita, como solía tener por costumbre el diario electrónico Periodista Digital, así que me limitaré a reproducir dos pasajes que, a mi juicio, son especialmente interesantes:

Con los años he llegado a la conclusión -quizás errónea- de que los traductores son de otra especie distinta a la de los escritores, un gremio tanto o más especial y complicado. [...] Yo creo que los traductores son un poco los «científicos» de la literatura, gente muy seria que no sólo no intenta emular la imagen bohemia del escritor típico y del creador arquetípico sino que detesta esa imagen incluso y procura que no se le identifique con ella. Milan Kundera los elogió hace años en un inolvidable artículo y los llamó «los constructores de Europa». Yo añadiría que son los troqueladores de nuestra actual narrativa, quienes la han librado de sus tics casticistas al influir en el autor español aunque por contrapartida hayan hecho su lenguaje más aséptico.
Hace años los traductores protestaron porque en muchos libros traducidos no figuraban sus nombres y porque eso era una prueba evidente de que no se reconocía su trabajo. Pudo haber quien pensase que querían participar de la gloria de los autores a los que traducían, pero yo creo que nada más lejos de la verdad. Yo creo que lo que querían era exactamente eso que decían: que se reconociera su trabajo y sólo su trabajo, no su capacidad de crear sino de trasladar fielmente «lo creado» de una lengua a otra. El escritor se considera brillante cuando dice algo que nadie ha dicho. El traductor mide su brillantez por la habilidad para decir literalmente lo que ya se ha dicho. No le regocija la originalidad sino el parecido exacto.
Otro avatar del sempiterno debate sobre «fidelidad», «visibilidad», «invisibilidad», «coautoría»... Reconozco que nunca había pensado en la labor del traductor como «científica», aunque sí como «técnica». Pero creo que el comentario de Ezkerra es, en general, bastante acertado (si bien opino que, además de los traductores, los medios de comunicación y tal vez ciertas figuras públicas también han contribuido a que el lenguaje de los escritores españoles se haya hecho más «aséptico»), y por la pequeña parte que me toca (apenas he trabajado en el ámbito de la traducción literaria) me lo tomo como un cumplido. Resulta un contraste saludable con las tonterías que suelen escribir algunos críticos literarios por culpa de su desconocimiento de las lenguas extranjeras y con las amargas quejas sobre el «pésimo» nivel de la traducción en España, formuladas, en algunos casos, por buenos conocedores del oficio, como Javier Marías. Además, creo que es otro paso en la tendencia a la dignificación, lenta pero constante, de la tarea de los traductores literarios: de «traidores» pasaron a ser considerados «un mal necesario», y por fin ahora se empieza a verlos como un eslabón indispensable en la transmisión de la literatura.

Ahora bien: ustedes, los traductores que de vez en cuando visitan esta bitácora (sé que alguno hay; muy pocos, pero selectos), ¿se ven reflejados en esta descripción? ¿Se ven a sí mismos como «gente muy seria»? ¿Como «constructores de Europa», precisamente en estos momentos turbulentos para nuestro continente en los que tanta falta hacen personas que construyan y no que destruyan? ¿O acaso como «troqueladores de nuestra actual narrativa»? ¿Se regocijan con el parecido exacto o con la originalidad?

Sin los traductores, los escritores no somos casi nada (José Saramago).

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